VII.
En un pueblo de un país inexistente había una vez una familia muy pero que muy rica, cuyo padre ostentaba la alcaldía del pueblo. Esta familia estaba compuesta por el padre, la madre y el hijo de ambos, que era un niño repelente, malcriado y consentido. Siempre se tenía que hacer lo que él quería. En lugar de ser su padre el alcalde, casi parecía que el que mandaba en el pueblo era el niño.
Una vez en la escuela, les hicieron leer un libro a todos los niños para realizar un trabajo. Todos se lo leyeron, pero al hijo del alcalde no le gustó ese libro, aunque, en realidad, no le gustaba ningún libro de los que le hacían leer. Ese día se puso de lo más pesado que se puede poner un niño, y no dejaba de atormentar a su familia diciéndoles que ellos no necesitaban libros, ni estudios, ni nada por el estilo, ya que con el dinero que tenían y la alcaldía del pueblo les bastaba y les sobraba para poder vivir estupendamente y que lo que se tendría que hacer era suprimir los libros del pueblo y que así todo iría mejor y no tendrían que pasar cada día por el sufrimiento de tener que ir a la escuela y leer esas cosas que a él no le interesaban en absoluto.
Su padre, que de dinero tenía mucho pero de sabiduría muy poca, quiso que su hijo fuera feliz y no tuviera esos problemas que le imponían los maestros, pensando que su hijo tenia algo de razón. Entonces sacó un decreto en el que se prohibía entrar libros en el pueblo y tenían que desaparecer los existentes y para que esto se cumpliera puso precio a los libros que había en el pueblo: él pagaría por cada libro que se llevara a la alcaldía 100 peskies, que era la moneda que utilizaban allí.
Los campesinos, que eran la mayor parte de la gente del pueblo, recibieron con agrado el decreto, ya que 100 peskies por libro representaban un gran ingreso para sus casas; los maestros se opusieron a esta ley que se había sacado el alcalde de la manga, pero como el alcalde era muy poderoso poco pudieron hacer para defender lo suyo y, de la noche a la mañana, se habían encontrado en la calle: sin trabajo, sin libros y sin alumnos que acudieran a sus clases.
Los niños, al principio, estaban muy contentos y aplaudían la decisión de su compañero de clase, ya que aunque la ley la había sacado el alcalde, todos sabían que la idea había sido de su compañero de clase.
Los días iban pasando y las cosas no iban como ellos querían, ya que a los hijos de los campesinos, al no tener que ir al colegio, sus padres los hacían ir al campo para que les ayudaran en sus tareas. Cuando caía la tarde y regresaban al pueblo, los esperaba el hijo del alcalde, ansioso por jugar con ellos, pero ellos, cansados de trabajar, lo que querían era cenar y descansar.
Los demás niños cuyos padres no se dedicaban al campo estaban cansados de aguantar al pesado de su amigo y nada más que buscaban excusas para no salir y no tener que aguantarle.
Poco a poco, éstos fueron pidiéndoles a sus padres que los mandaran a casa de los parientes que vivían en otros lugares para que pudieran seguir estudiando, ya que pasados los primeros días de no tener que asistir a clase estaban aburridos y cansados de no hacer nada y empezaban a echar en falta a sus profesores, a los problemas de matemáticas, que tan difíciles eran de resolver, a la historia que tanto palo les daba tener que aprender, pero que ahora se daban cuenta de que sin los libros no sabían cómo tenían que unir lo que habían estudiado de sus antepasados hasta hoy, o sea, tenían un hueco vacío que necesitaban conocer; y como estas, todas las materias...
Poco a poco, fueron marchando los niños del pueblo a pueblos vecinos, aunque lejanos en la distancia. Las familias se quedaban tristes al tener que mandar a sus hijos lejos de casa y tener que estar muchas temporadas sin verlos, ya que la distancia era larga y cara de pagar.
Los campesinos también veían que sus hijos necesitaban cultura y enseñanzas, no tenían edad de hacer lo que estaban haciendo, en lugar de estar aprendiendo en el colegio.
Pero también el hijo del alcalde empezó a sufrir su egoísmo, ya que nadie quería estar con él, unos porque tenían que ir a trabajar y otros porque marchaban del pueblo.
Estaba solo, nadie estaba por él, no podía discutir con nadie, no podía ir a la escuela que ahora empezaba a echar de menos, ni siquiera podía leer los simples comics que los domingos se compraba en la librería del pueblo.
La gente en el pueblo estaba desanimada, como triste, como si les faltara algo. El alcalde también veía que su pueblo estaba triste, igual que su mujer y su hijo. Ya casi no quedaban niños en el pueblo.
Un día, todos los vecinos decidieron reunirse para mirar de solucionar el problema que tenían. Decidieron devolver al alcalde el dinero que les había dado por los libros y pedirle que anulara la ley y que todo volviera a ser como antes. Le hicieron la propuesta, y éste acepto enseguida gustoso, ya que así vería solucionado el nuevo problema que tenía.
El alcalde sacó una nueva ley, que anulaba la anterior, volvió a contratar maestros, puso en el pueblo una librería y una biblioteca muy bonita. Los niños volvieron al pueblo y su hijo nunca volvió a decir que los libros no le gustaban.
El dinero no lo quiso, les pidió que lo aceptaran como pago al error que había cometido.
Lidia Mir, 2º E.S.O.