La cajita negra
Aquel fin de semana fue inolvidable. Íbamos mis padres y yo a ver un espectáculo de magia. Yo estaba muy emocionada, a pesar de saber que todo lo que hacen los magos tiene truco. Entramos en una gran sala, donde nos acomodamos en unos butacones perfectamente acolchados, para la comodidad de los espectadores. Al sentarnos, todas las luces se apagaron, menos la del escenario. Después de unos minutos de oscuridad absoluta, se abrió el telón y apareció un hombre trajeado y con una serie de objetos, algunos desconocidos para mí. Aquel hombre se colocó bien el micrófono que llevaba puesto en la chaqueta y dijo que se llamaba Christopher. A continuación, cogió su sombrero y de él sacó un conejo blanco, yo no me dejé impresionar por el típico truco del conejo y le dejé seguir con su espectáculo. Después de unos cuantos trucos de magia, nada sorprendentes, el hombre empezó a divisar los palcos donde nos encontrábamos los espectadores. Por lo menos estuvo cinco minutos mirando y mirando, hasta que al final se decidió y me señaló con su dedo índice, haciéndome un gesto, para que fuera al escenario. Cuando me levanté empezó a oírse el ruido estridente de los aplausos, que empezó a cesar cuando subí al escenario. El hombre me dio una cajita negra y me dijo que la observara y tocara, para ver que no tenía nada fuera de lo común. Yo, como buena incrédula que soy, la toqué y la toqué, hasta la saciedad, pero nada, no había nada raro. El hombre la cogió y de esa cajita diminuta sacó una paloma. Mi cara de asombro expresaba todo lo que sentía en aquel momento. Necesité un largo y extenso rato para reaccionar y cuando lo hice, volví a coger la caja y examiné de nuevo, pero no, era una caja normal y corriente. Después de mi reexaminación, le pregunté al hombre cuál era el secreto, a lo que él me respondió:
- Un mago nunca revela sus secretos.
Al ver que el hombre no tenía intenciones de revelarme el truco, cuando acabó la función, sin que nadie me viera, fui para los camerinos y cogí una libreta verde en la que ponía en letras entrelazadas el nombre de Christopher. La abrí con el pulso tembloroso. En aquella libreta ponía los trucos de magia que utilizaba aquel hombre en sus espectáculos. Pasé páginas y más páginas hasta llegar a la última en la que ponía:
LA CAJITA NEGRA: sin truco.
Brenda Cónsul