Relato III (Pablo Capsi)

III.



Todo comenzó tras ese estallido. Las mujeres corrían por el poblado de lado a lado sin saber a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo. Los hombres corrían tras las mujeres con escopetas, pistolas, metralletas en las manos. Los niños eran presas del pánico.


Cinco minutos después del primer estallido, comenzaron a penetrar en Stalingrado tanques y aviones con gran cantidad de soldados dentro de ellos. No sé cómo, pero las personas mayores sobrevivían a esas frías temperaturas, que debían rondar los veintinueve grados bajo cero.


Cuando comencé a ver las hileras de gente deslizándose sobre la nieve como auténticas serpientes, supe de qué se trataba: era el comienzo de una larga e intensísima guerra entre personas, cosa que no parecían, de distinto rango.


A mí me cogieron entre dos soldados alemanes: uno de los pies y otro de los brazos; les costó pero, al final, lo consiguieron. Nos llevaron a todos a un campo de concentración. A las mujeres las arrastraban hasta sus celdas, a los hombres a las suyas, y a los niños y a las personas mayores a las nuestras.


Desde la celda pude ver una cámara de gas, supuse que los iban a matar. Los soldados llevaban presos a mi padre y a mi madre, yo no me iba a quedar de brazos cruzados, así que solté un grito. Tres soldados se giraron y me vieron, vinieron hasta mi celda y me preguntaron si quería acabar como mi padre y mi madre, metidos en una cámara de gas.


Los soldados se fueron, yo echaba de menos aquellos libros que había leído hace dos semanas. Al pensar en los libros me vino una idea a la cabeza: podría escapar de ahí, pero ¿cómo?


En aquel libro ponía que puedes hacer un agujero y taparlo con un calendario. Yo pensé hacerlo tras la cama y mantenerlo tapado con unas cuantas mantas y con una almohada.


Una  semana más tarde, el agujero iba cogiendo forma tras las mantas. Al cabo de un rato, entró en la celda un soldado, llevándose consigo a Friederich y a Hitzfeld, mis dos mejores amigos. El agujero estaba hecho, sólo tenía que encontrar el momento de escapar de ahí. Partiríamos por la noche, cuando todos estuviesen todavía en el primer sueño.


Llegó la noche, con ella el frío. Me levanté, llamé a un par de personas para que saliesen conmigo, salieron todos. Cuando llegamos a las vallas, todos comenzamos a trepar. Cuando estábamos al otro lado sonó la alarma, todos comenzamos a correr.


Llegamos ya de mañana a Berlín, lo primero que hicimos fue cambiarnos de ropa y ponernos unos camisones que nos llegaban por las rodillas. Estuve en Berlín hasta 1989; más tarde, llegué a España y visité: Madrid, Barcelona, Santander, Bilbao… una cantidad de ciudades.


Hoy en día vivo en Zaragoza, tengo una mujer guapísima y cinco hijos. Voy a trabajar cada día y cuando llego a casa hago lo que no podía hacer cuando estaba preso: leer libros. Tanto leer libros que ahora soy escritor.


Todos mis libros están relacionados con mi juventud, aquella en la que no pude leer, jugar con mis amigos, ni hacer lo que a mí me gustaba.


Pablo Capsi, 2ºB